Hay situaciones en las que sabemos lo que queremos hacer y, sin embargo, no logramos hacerlo. Queremos presentarnos a un examen para el que estudiamos, decir algo que venimos pensando hace tiempo, acercarnos a alguien que nos interesa o empezar un proyecto que realmente deseamos. Pero cuando llega el momento, algo nos detiene.
Muchas veces esto genera desconcierto, porque la persona sabe que tiene la capacidad para hacerlo. Incluso puede reprocharse: “Si sé que puedo, ¿por qué no lo hago?”, “¿Por qué me cuesta tanto algo que para los demás parece tan sencillo?”.
En algunas de estas situaciones podemos estar frente a una inhibición.
¿Qué es la inhibición?
En psicología hablamos de inhibición cuando una persona encuentra limitada alguna capacidad que posee. La dificultad, entonces, no está necesariamente en no saber o no poder hacer algo, sino en que, en determinadas situaciones, hacerlo se vuelve emocionalmente difícil.
Esto puede aparecer de maneras muy diferentes.
Una persona puede tener los conocimientos necesarios para rendir un examen y postergarlo una y otra vez. Puede desenvolverse con mucha seguridad en su trabajo y sentirse paralizada cuando tiene que hablar frente a otras personas. Puede desear una relación afectiva y, sin embargo, retraerse cada vez que alguien empieza a acercarse demasiado.
Por eso la inhibición no siempre es evidente. A veces aparece como un “no puedo”, pero otras veces puede presentarse bajo formas mucho más cotidianas: postergar, evitar, esperar el momento adecuado o sentir que todavía falta algo antes de poder avanzar.
“Cuando esté más preparado lo hago.”
“Ahora no es el momento.”
“Primero tendría que resolver otras cosas.”
El problema aparece cuando ese momento nunca termina de llegar.
No siempre es falta de voluntad
Cuando alguien no logra hacer algo que aparentemente está a su alcance, es bastante frecuente que tanto los demás como la propia persona lo interpreten como falta de voluntad, inseguridad o miedo.
Y por supuesto que el miedo y la inseguridad pueden estar presentes. Pero no siempre explican completamente lo que ocurre.
En la consulta muchas veces encontramos personas que saben perfectamente lo que deberían hacer. Lo han pensado, lo han hablado con amigos, han recibido consejos e incluso pueden explicar con bastante claridad qué les sucede. Sin embargo, llegado el momento, vuelven a quedar detenidas.
Es allí donde puede resultar interesante preguntarnos qué se pone en juego en esa situación particular.
Pensemos, por ejemplo, en alguien que quiere presentarse a un concurso laboral. Podríamos pensar que el temor es simplemente no conseguir el puesto. Pero presentarse también implica exponerse a ser evaluado, tolerar la posibilidad de equivocarse y, aunque resulte más difícil de advertir, también aceptar la posibilidad de que le vaya bien.
Porque conseguir aquello que queremos también puede traer cambios: asumir nuevas responsabilidades, ocupar un lugar diferente, alejarnos de algo conocido o sentir que ahora se espera más de nosotros.
Es decir, no siempre nos detenemos únicamente frente a aquello que tememos. A veces también puede resultarnos difícil avanzar hacia aquello que deseamos.
Cuando querer hacerlo bien termina impidiendo hacerlo
Otra situación frecuente aparece cuando sentimos que para hacer algo tenemos que estar completamente seguros de que va a salir bien.
No alcanza con estar preparados: tendríamos que estar totalmente preparados. No alcanza con hacer un buen trabajo: debería ser excelente. Equivocarse deja de ser algo posible dentro del proceso y empieza a sentirse como una experiencia difícil de tolerar.
En estos casos puede producirse algo paradójico: cuanto mayor es la exigencia, más difícil resulta comenzar.
Desde afuera puede parecer que la persona no hace demasiado. Por dentro, en cambio, puede estar ocurriendo todo lo contrario. Piensa, anticipa, revisa, imagina posibles resultados, vuelve a revisar y espera sentirse suficientemente segura para actuar.
Y mientras espera esa seguridad, queda detenida.
“Sé que no tiene sentido, pero igual no puedo”
Esta es una frase que aparece con bastante frecuencia cuando alguien intenta explicar una dificultad de este tipo.
La persona puede reconocer que su temor es exagerado o que aquello que evita probablemente no tenga las consecuencias que imagina. Puede repetirse que debería animarse, intentar pensar de manera diferente o escuchar a quienes le dicen que confíe más en sí misma.
Sin embargo, comprender racionalmente una situación no siempre alcanza para modificar lo que sentimos frente a ella.
Cuando esto ocurre, los consejos del tipo “tenés que animarte”, “no lo pienses tanto” o “simplemente hacelo” suelen ayudar poco. Incluso pueden aumentar el malestar, porque a la dificultad original se suma otra pregunta: “¿Por qué no puedo hacer algo que debería ser tan sencillo?”.
¿Qué puede haber detrás de una inhibición?
No existe una única explicación, porque una misma conducta puede tener sentidos muy diferentes en distintas personas.
Alguien puede callarse porque teme ser juzgado, mientras que para otra persona callarse puede ser una manera de evitar un conflicto. No presentarse a una oportunidad puede proteger del temor a fracasar, pero en otro caso puede tener que ver con lo que implicaría que esa oportunidad efectivamente se concretara.
Lo mismo ocurre en los vínculos. Alejarse cuando alguien se acerca puede parecer simplemente miedo al rechazo, pero también puede aparecer cuando la cercanía emocional comienza a sentirse demasiado intensa o nos coloca en una posición de mayor vulnerabilidad.
Por eso, cuando trabajamos con una inhibición, no me parece suficiente preguntarnos solamente cómo eliminarla. Me interesa poder detenernos en qué sucede justamente en esas situaciones en las que la persona quiere avanzar y no puede. Qué siente, qué imagina que podría ocurrir, qué teme, qué espera de sí misma o qué consecuencias tendría para ella poder hacer finalmente aquello que desea.
¿Cuándo puede ser útil consultar?
Todos podemos sentirnos inhibidos en algún momento. Hay situaciones nuevas, importantes o emocionalmente significativas que naturalmente pueden generarnos dudas, temor o inseguridad.
La consulta psicológica puede ser útil cuando esa dificultad comienza a repetirse, genera sufrimiento o termina limitando decisiones, relaciones, estudios, trabajo o experiencias que la persona quisiera poder vivir de otra manera.
En psicoterapia no se trata de empujar a alguien a hacer aquello que no puede hacer ni de indicarle cómo debería comportarse. El trabajo consiste en tratar de comprender qué ocurre en ese punto particular en el que aparece el freno y por qué determinada situación adquiere para esa persona una dificultad que quizás desde afuera no resulta evidente.
A veces, detrás de un “no puedo”, no hay falta de capacidad ni falta de voluntad. Hay algo que necesita ser comprendido.

