A veces sabemos perfectamente qué nos pasa y, sin embargo, eso no alcanza para cambiarlo.
Podemos reconocer que repetimos determinadas formas de vincularnos, que reaccionamos de maneras que después no comprendemos o que ciertos temores parecen desproporcionados. Podemos incluso decirnos muchas veces que “no deberíamos sentirnos así”.
Y aun así, algo insiste.
La psicoterapia psicoanalítica parte de la idea de que no todo aquello que nos sucede es completamente consciente. Hay experiencias, conflictos, deseos, temores y formas de relacionarnos que se han ido construyendo a lo largo de nuestra historia y que continúan teniendo efectos en nuestra vida actual.
Por eso, el trabajo terapéutico no consiste solamente en intentar eliminar aquello que molesta, sino también en preguntarnos qué expresa ese malestar y por qué aparece de esa manera en esa persona y en ese momento de su vida.
Un espacio para pensar lo que nos pasa
En una psicoterapia psicoanalítica no hay un guión que indique de antemano de qué se debe hablar.
A partir de aquello que traés a las sesiones —situaciones cotidianas, vínculos, recuerdos, pensamientos, emociones, sueños, silencios o contradicciones— vamos construyendo juntos una comprensión de lo que te está sucediendo.
Mi lugar como terapeuta no es decirte cómo deberías vivir ni ofrecerte respuestas prefabricadas.
Escucho, pregunto, señalo y, cuando considero que puede ser útil, propongo una manera diferente de mirar aquello que estás contando.
A veces algo que parecía aislado empieza a relacionarse con otras experiencias. Una situación que se repetía sin explicación adquiere otro sentido. O podemos descubrir que detrás de aquello que inicialmente aparecía como ansiedad, tristeza, enojo o inseguridad había algo que todavía no había podido ser pensado.
Comprender no es solamente entender
Hay una diferencia entre saber por qué hacemos algo y poder hacer algo diferente con eso.
Podemos conocer muy bien nuestras dificultades y seguir tropezando con la misma piedra. La mente tiene, entre otras virtudes, una sorprendente capacidad para reconocer la piedra mientras vuelve a dirigirse hacia ella.
El proceso terapéutico permite trabajar no sólo con aquello que sabemos acerca de nosotros mismos, sino también con lo que aparece en nuestras maneras de sentir, vincularnos y repetir determinadas experiencias.
La posibilidad de cambio no surge de recibir una explicación sobre quiénes somos, sino de ir construyendo una comprensión que pueda ser emocionalmente vivida y elaborada.
El pasado importa cuando sigue estando presente
Trabajar desde una perspectiva psicoanalítica no significa buscar permanentemente explicaciones en la infancia.
La historia personal importa porque algunas experiencias dejan formas de sentir, protegernos, esperar de los demás y relacionarnos que pueden continuar actuando mucho tiempo después.
El centro del trabajo está en lo que te sucede hoy.
A veces será necesario mirar hacia atrás para comprenderlo. Otras veces no.
No se trata de encontrar culpables en el pasado, sino de reconocer qué partes de nuestra historia continúan escribiendo silenciosamente algunas líneas del presente.
Una terapia que se construye entre dos
Cada proceso psicoterapéutico es diferente porque cada persona llega con una historia, una manera de sentir y una forma particular de relacionarse.
Por eso no trabajo a partir de fórmulas iguales para todos.
La psicoterapia se va construyendo en el encuentro entre paciente y terapeuta. Con tiempo, confianza y trabajo compartido pueden comenzar a aparecer palabras para experiencias que antes sólo podían sentirse, repetirse o padecerse.
Y quizás ése sea uno de los movimientos más importantes de una psicoterapia: que aquello que antes simplemente nos ocurría pueda empezar a ser pensado y, poco a poco, vivido de otra manera.

