Hay momentos en los que resulta difícil explicar qué nos pasa. No ocurrió necesariamente algo concreto, no siempre podemos identificar un pensamiento que nos preocupe y, sin embargo, sentimos que no estamos bien.
A veces aparece como una sensación de opresión o desasosiego. Otras, como ganas de llorar que no terminamos de entender, una incomodidad que nos acompaña durante el día o esa frase difícil de precisar:
“No sé qué me pasa, pero algo me pasa.”
Cuando no encontramos una explicación, es bastante frecuente intentar buscarla rápidamente. Repasamos lo que ocurrió durante el día, pensamos si estamos estresados, cansados o preocupados por algo. Y a veces encontramos una respuesta. Pero otras veces no.
La angustia puede tener justamente esa cualidad: se siente antes de poder comprenderse.
Cuando no encontramos una causa
Estamos bastante acostumbrados a pensar que si nos sentimos mal debería existir una razón que podamos identificar.
“Estoy triste porque pasó esto.”
“Estoy preocupada por aquello.”
“Estoy enojado por lo que me dijeron.”
Cuando podemos relacionar lo que sentimos con algo que nos ocurrió, la experiencia suele resultar más comprensible. Podemos no saber todavía qué hacer con ella, pero al menos podemos darle un nombre y ubicarla.
Con la angustia no siempre sucede así.
Una persona puede decir que aparentemente todo está bien y, sin embargo, sentir un malestar que no consigue explicar. Puede continuar trabajando, estudiando, ocupándose de su familia o haciendo su vida habitual y, aun así, experimentar la sensación de que algo internamente no está bien.
Esto puede resultar desconcertante. Incluso puede llevarnos a pensar que no deberíamos sentirnos así.
“Si no me falta nada, ¿por qué me siento mal?”
“En realidad no tengo motivos para estar así.”
Pero las emociones no siempre siguen una lógica tan directa. Que no podamos reconocer inmediatamente qué nos angustia no significa que aquello que sentimos no tenga un sentido.
Quizás simplemente todavía no podemos encontrarlo.
¿Angustia y ansiedad son lo mismo?
En el lenguaje cotidiano utilizamos muchas veces las palabras ansiedad y angustia para referirnos a experiencias parecidas. Y, efectivamente, pueden compartir algunas manifestaciones y presentarse juntas.
Sin embargo, no siempre se viven de la misma manera.
En la ansiedad suele tener bastante presencia la anticipación. La mente se adelanta a lo que podría ocurrir: pensamos en situaciones futuras, imaginamos posibles problemas, sentimos que necesitamos controlar determinadas cosas o permanecemos en alerta frente a algo que tememos que pueda suceder.
En la angustia, en cambio, a veces resulta mucho más difícil identificar aquello que nos inquieta. El malestar está presente, pero no necesariamente viene acompañado de una explicación clara.
Por supuesto, esta diferencia no funciona como una frontera rígida. Una misma persona puede experimentar ambas cosas y las palabras que utilizamos para describir nuestro malestar también dependen de nuestra propia manera de vivirlo.
Más que intentar encajar rápidamente lo que sentimos dentro de una categoría, puede ser útil empezar por preguntarnos cómo es esa experiencia para nosotros.
Cuando cuesta poner en palabras lo que sentimos
No todo lo que vivimos emocionalmente puede ser pensado o explicado de inmediato.
A veces podemos reconocer que algo nos afectó recién bastante tiempo después. Una conversación que aparentemente no nos había molestado empieza a volver a nuestra cabeza. Una decisión que creíamos tener clara comienza a generarnos una incomodidad difícil de explicar. Un cambio que deseábamos finalmente ocurre y, junto con la alegría, aparece también un malestar que no esperábamos.
Esto puede suceder porque nuestras experiencias emocionales suelen ser más complejas de lo que parecen.
Podemos querer algo y al mismo tiempo temer algunas de sus consecuencias. Podemos sentir cariño y enojo hacia una misma persona. Podemos desear un cambio y, cuando ese cambio finalmente llega, descubrir que también implica despedirnos de algo.
No siempre es fácil reconocer sentimientos contradictorios.
Y cuando todavía no podemos pensarlos o ponerlos en palabras, a veces lo primero que aparece es simplemente la sensación de estar angustiados.
Cuando el cuerpo expresa algo que todavía no podemos decir
Hay personas que reconocen con facilidad lo que sienten. Otras perciben primero lo que ocurre en el cuerpo.
Una presión en el pecho, un nudo en la garganta, una sensación extraña en el estómago, ganas de llorar o una inquietud difícil de localizar pueden acompañar momentos de angustia.
Esto no significa que cualquier sensación corporal tenga un origen psicológico. Cuando aparece un síntoma físico nuevo, intenso, persistente o preocupante, es importante realizar la consulta médica correspondiente.
Pero una vez descartadas causas médicas, también puede ser interesante observar si esas sensaciones aparecen en determinados momentos, frente a ciertas situaciones o cuando estamos atravesando algo emocionalmente significativo.
A veces el cuerpo registra antes de que nosotros podamos poner en palabras lo que nos está pasando.
“Pero yo estoy bien”
También ocurre que la angustia aparece en personas que sienten que no tendrían razones para estar mal.
Tienen trabajo, vínculos, proyectos, una vida que desde afuera —y muchas veces también desde adentro— parece funcionar.
Y justamente por eso el malestar puede resultar todavía más difícil de comprender.
Sin embargo, que muchas cosas de nuestra vida estén bien no impide que algo pueda estar generándonos sufrimiento. Podemos sentirnos agradecidos por lo que tenemos y, al mismo tiempo, estar atravesando una dificultad. Una cosa no invalida necesariamente la otra.
En ocasiones, la pregunta no es solamente “¿qué me falta?”, sino también “¿qué me está pasando con la vida que estoy viviendo?”.
Y esa pregunta puede abrir sentidos diferentes.
No siempre hay que encontrar una respuesta inmediatamente
Cuando algo nos angustia queremos entenderlo, y es lógico. Comprender nos da cierta sensación de orden.
El problema aparece cuando sentimos que tenemos que encontrar rápidamente una explicación.
Entonces empezamos a buscar causas, analizar cada pensamiento, repasar conversaciones o intentar decidir cuál de todas las cosas que nos están pasando es “la responsable”.
Pero comprender lo que sentimos no siempre funciona como resolver un acertijo.
A veces hace falta poder detenerse, hablar, asociar situaciones que inicialmente parecían no tener relación y permitir que aparezcan pensamientos que quizás no habíamos considerado.
En ese proceso puede empezar a construirse una pregunta diferente.
No solamente “¿cómo hago para dejar de sentir esto?”, sino también “¿por qué esto aparece en mí de esta manera y en este momento?”.
¿Cuándo puede ser útil consultar?
Sentir angustia en determinados momentos forma parte de la experiencia humana. No todo malestar necesita convertirse en un problema psicológico ni requiere necesariamente iniciar una psicoterapia.
Pero puede ser útil consultar cuando la angustia se vuelve frecuente o intensa, cuando empieza a interferir en nuestra vida cotidiana, cuando nos lleva a evitar situaciones o cuando sentimos que llevamos demasiado tiempo intentando comprender solos qué nos ocurre.
También puede ser motivo suficiente algo mucho más sencillo: sentir que necesitamos un espacio para hablar de aquello que todavía no sabemos cómo explicar.
En psicoterapia no es necesario llegar con una respuesta acerca de lo que nos pasa. Tampoco hace falta saber exactamente por dónde empezar.
Muchas veces el trabajo comienza justamente allí: en algo que se siente, preocupa o incomoda, aunque todavía no podamos ponerle un nombre.
Desde mi trabajo como psicóloga con orientación en psicoterapia psicoanalítica, acompaño estos procesos intentando comprender junto con cada persona qué sentido puede tener aquello que está sintiendo en su historia y en el momento particular que está atravesando.
Porque a veces comprender la angustia no consiste en encontrar una causa escondida que explique todo, sino en ir construyendo palabras y sentidos para una experiencia que, hasta ese momento, solamente podíamos sentir.

